Categoría: Veleros

mayo 11 / Diario
¿Qué hay más allá de la comida de mi abuela? Chilito verde con tortillas recién echadas, canela y humo. Truenos estrepitosos acercándose, levantando el polvo. El Calimán y la Paloma, estirándose despacio bajo el sol. Las nopaleras que lo invaden todo. Como una vez lo hizo el mar.
Hay días en que vuelvo a ver ese mismo mar. Y les escribo o me escriben, les muestro fotos de la casa, del maestro de obra, de César nuestro trabajador de mi y de ella cortando nopales levantando piedras y me dicen ¡ha Tulia! viéndome desde ese otro mundo.
Y yo sé desde dónde me hablan: desde aquél azul, ese que sólo está ahí invadiéndolo todo, piel pegajosa de calor, humedad en los pulmones y en el aire, esa liviandad de flotar ligero y sentir un vientito que te mese para dormir.Todo eso supongo son memorias o recuerdos o que sé yo, ya no sé como nombrar a todo aquello.
Hoy por ejemplo recuerdo a M y su manera de seducir tan de sonrisas tan de así nomás, esa noche manejé el dinghy hasta el puerto del bar, los tambores, el trópico, las ballenas, me conquistó en una noche, me fui con ella sin que yo me diera cuenta. Recuerdo también a Tom y a mí, una pareja extraña de descalzos por los puertos, y yo dejando de ser yo.
Siempre voy a pertenecer a ellos, y como al mar, a ese mundo uno no vuelve, se deja volver.
Foto: Tom VanDyke, a través del pacifico.
julio 15 / Tailandia

Las dos primeras semanas fueron las más difíciles, no sabía que rayos hacía en este país, extrañé a L todos los días, y no sabía cuando regresaría a México. Sin embargo los ritmos de los marineros procuran una sanación distinta: del cuerpo para afuera, del cuerpo para adentro, y así me fui envolviendo.

Este mes no navegamos a ningún sitio, nos quedamos anclados o en la marina, viendo los atardeceres desde nuestro velero casi-inmovil salvo por las mareas que suben y bajan, o las olas, las tormentas y los fuertes vientos del moonson tailandés. Recuparar la vida en el barco es volver a estar descalza, usar poca ropa, vivir en el calor constante de los trópicos que baña la piel y llena de una energía (o pesadez) diferente, sentir el cuerpo, estar en agua. Comer y comer deliciosos platillos tailandeses como si fuera mi objetivo en este viaje: probar todo lo que pueda, por 70baht (35pesos), 50 baht, 100 baht platillos enteros de curries o noodles que -casi- le llegan a mis taquitos al pastor (y eso ya es decir mucho). Todo esto como una especie de rehabilitación, de “regresar”. Los últimos días en la Cuidad de México me sentí flaca y pálida, débil; no culpo a la cuidad, pero la falta de azul y los hábitos que uno puede tomar en estos lugares si no se tiene la claridad…

¡Lo quería todo! trabajar, estudiar, ahorrar. Me esforcé. Curiosamente digo “me esforcé” cuando ya he aprendido que no se trata de eso. Se trata de decir “me entregué” porque como el sol, ilumina tanto y hace tanto como secar la ropa, crecer las plantas, cargar nuestros paneles solares; el sólo se entrega y cuando uno hace algo entregado no es “esforzado” no se siente así, uno se cansa si, el cuerpo, la mente, pero es un cansado diferente, es un cansado rico: como el cuerpo después del ejercicio. no hay nada mejor para dejar de pensar que el Boat work (trabajo de barco)” me dijo Tom una día cuando me vio triste y me puso una esponja en las manos, me dió un par de guantes para sacar los barnacles de las líneas de anclar… sacudí los tapetes, tendí la ropa, enjuagamos la cubierta, ordené el galley (cocina).

¡En Pointe! Esque no estoy en cualquier barco, estoy en el velero con el que cruzamos el Pacífico, mi casa por 7 meses, y mi litera/bunk aún tan comoda como siempre, más incluso: con el nuevo ventilador instalado y la vista siempre abierta.

Los días en la Marina Yacht Haven, como todas las rutinas, son muy parecidos unos a otros, lo cual da tiempo para sumergirte a la vida. Aún no entiendo mucho de Tailandia, me es demasiado ajeno, pero la vida de vivir al mar, de los barcos, esa sí me pertenece:  hablar este idioma, entender su andar partícular, con estos códigos, y el lenguague de los veleros… es decir otro Tailandia, uno que se vive desde la marina, aquí en Phuket.

Matt y Sharon, los dos George, Werner, Hope y Tom. Las cenas abordo de Sweet Surrender y jugar cartas después de comer hasta estallar, manejar el Dinghy en la bahía en medio de la lluvia tropical para ir a visitarlos, runirnos en sus veleros, cada cual distinto. Fuimos a un roadtrip para dejar a H en su campamento de moaetae (un tipo de kickboxin tailandés), en el camino todo se trataba de veleros, el mar y las islas. Mientras por la ventana lo verde del paisaje, las montañas, la maleza, las palmeras y toda la humedad me procuraban la tranquildad y los pequeños puestos de fruta y durian  pasaban borrosos a nuestro costado, yo callada escuchaba todo sobre barcos, trabajar en super yachts, hacer deliveries, ser capitan, ser crew, amigos marineros, capitantes, construir barcos, materiales de barcos, precios de barcos, el mundo lleno de mar y la gente que habita en él.

Sol, comida, ejercicio, dormir, explorar, extrañar, triste, feliz . Aúnque “no haya funcionado” los planes digo, tal vez algunos le digan “fallar”, otros “aprender”, otros “experimentar”, otros “vivir”. Al fin de cuentas Es. Es esto.

Todavía recuerdo los ríos de gente en la estación Chabacano a la hora pico, mientras trasbordamos de la línea azul a la café, el espacio personal reducido al límite de la piel. Y luego: abrir los ojos y estar en un velero, teletrasportada de una relidad a otra sin siquiera preverlo o desearlo o hacerlo, más bien en un tobogán de sucesos que acabó por arrojarme a esta bahía. Y que todavía aún no comprendo porqué. Tal vez de esos toboganes esta hecha la vida.

Photo: Tulia Meditando en la Marina. By Tom Van Dyke.

julio 11 / Veleros

¿Regresas a México en avión o en velero?

Que me puedan preguntar esto significa que ahora existen para mí las opciones.

-En avión, esta vez en avión.

Compré un ticket que me lleva de regreso en un vuelo de treinta y tantas horas pero llegar a aquí me tomó un viaje de casi un año. El mundo puede ser un lugar bizarro.

Ayer soñé que salía de isla, que L me llevaba al aeropuerto y mi pasaporte estaba vencido y no sabía si México me reconocería como suya.

He cambiado tanto. Ya no recuerdo siquiera el sabor de los tacos.

Me compré un ticket de vuelta porque dije: “la comida de mi abuela” pero ya no sabía de lo que hablaba, estoy dejando de recordar para inventar y eso me da un poco de miedo.

Dejé mi casa, mis amigos, a mi hermano cuando aún era niño, a mi  sobrino cuando aún no hablaba, a mis perros cuando aún no eran viejos, a mi prima cuando aún era soltera, a mi abuelo cuando aún vivía; es decir los niños crecen, los viejos se hacen más viejos, la comida sigue comiéndose sin mi, los amigos emborrachandose y mis amigas se siguen casando con un asiento vacío que lleva mi
nombre.
Son los sacrificios grandes o pequeños de esos que nos vamos lejos y formamos pequeñas familias por doquier. Tenemos casas y perros, y rutinas del día, aunque sea para otros un lugar tan lejano y desconocido, para mi es cercano y familiar. Aquí tengo una pequeña familia, el viento me trajo Nueva Zelanda y  yo me tejí una vida.

Hablé por teléfono a mi abuela, se puso tan contenta, nos reímos
Abue, le dije, te marco desde mi cuenta de skype,
(aunque ella no sepa que es skype)
Me dice ¡hija!, todos los días pienso en ti;
y yo pienso, tantos kilómetros por detrás del mar
medio giro a la tierra nos separan
medio giro
pero te hablo y dices
¡hija! todos los días pienso en ti.

Entonces me dio hambre y me compré un boleto de avión.

#30díasdeRegreso

(Foto: A mitad del camino entre México y Nueva Zelanda 2013, Tom tomó ese screenshoot del GPS, tal vez era Bora Bora o Mopelia, una de esas invisibles islas)