Categoría: Veleros

mayo 15 / Veleros

– ¿así que nunca te habías subido a un velero?

-No nunca

– ¿y quieres cruzar un oceano en barco?

– Hmm… pues si…

-¡Bueno, al menos sabes nadar!

 

Las personas estaban impresionadas porque yo venía de “la montaña” decían cuando les hablaba de Guanajuato. El vivir en velero  o navegar no es -aún- parte de la cultura en México, aunque en nuestra costa estén los puertos más conocidos para iniciar los viajes que cruzan el Atlántico y el Pacífico.

Yo sin embargo estaba más impresionada con la vida que lleva “la comunidad de marineros”, encontré todo tipo de personas en los barcos, gente con historias asombrosas de cómo llegaron a este estilo de vida, hombres que llevan más de 20 años viviendo en velero, parejas jóvenes que viven-trabajan-viajan de país en país de esta forma, familias con niños (donde los niños nunca han vivido a tierra), personas de diversos orígenes y países.  Descubrí también que la “comunidad de marineros”  es un pequeño grupo de personas alrededor de todo el mundo, se conocen entre sí y aún cuando no se conozcan, siempre se ofrecen ayuda.

 

Vivir a bordo de un velero es tener amigos donde quiera que haya otro velero. 

 

Llegue entonces a viajar y vivir a bordo de Romany Star. Pablo, el capitán necesitaba ayuda para llevar su velero de Barra de Navidad a La Cruz en Nayarit y yo aprendería lo básico de “velear”.  La primera impresión que tuve de un barco fue el reconocimiento del espacio donde se vive, parece todo tan compacto y cada cosa tiene un lugar específico y una forma de acomodarse pues cada rincón del barco esta bien aprovechado.

Después de eso viene el reconocer el espacio que ocupa el barco en el agua, el decir bueno este es el espacio en el que vivo, camino, duermo, viajo, como, y después de eso esta el agua. Hay un sentimiento de ser un pequeño mundito flotante, una desconexión con el mundo a tierra que se ve desde lejos, pero al mismo tiempo una conexión distinta y más fuerte con todo alrededor, la naturaleza, el agua y su constante cambio. Para mí esas semanas fueron de aprender esa forma distinta de experimentar el mundo viviendo en el agua. Fue entonces cuando pasaron los días flotando que comprendí lo ligero que podemos llegar a ser pero también fui consciente de lo mucho que pesamos.

 

Vivir a bordo de un velero es vivir flotando.

 

Por tres semanas aprendí en inglés lo básico de los veleros, los nombres de las velas, las partes de los barcos, los nombres de las cuerdas y cual sirve para cada vela, para alzarla y controlar la velocidad del velero, aprendí también de nudos y que cada cosa tiene un nombre distinto solo por pertenecer a un barco. Aprendí el lenguaje de la navegación pero sobre todo aprendí el lenguaje del viento, que un velero es porque el viento, y yo fui porque el viento también. 

 

Vivir a bordo de un en velero es saber reconocer la dirección y fuerza del viento. 

 

Siempre me preguntan si me mareo, es una de las más grandes inquietudes que tienen las personas al hablar de vivir en un barco. Yo no me mareo pero tengo incomodidad el primer día de navegar, me siento débil y si hay mucho movimiento no cocino, ni leo, ni nada, solo estoy afuera en la brisa. Hay sin embargo muchos factores y muchas respuestas distintas a la pregunta del mareo. Se supone que todos en cierto punto podemos llegar a mareamos pero el límite para cada persona es distinto. Conozco personas que se marean y que viven en barcos pero depende del tipo de barco, la fuerza del viento, el tipo de olas y que dirección que tengan. Las personas que se marean me han dicho que se acuestan en piso, lo más cercano al agua, otras toman medicamentos, y otras se han ido acostumbrando a vivir así, pues el mareo no es todo el tiempo si no en ciertas circunstancias.

 

Vivir en un barco es vivir en movimiento constante. 

 

He estado conviviendo en los últimos siete meses con todo tipo de personas, algunos con un nivel económico promedio, y otros que prácticamente pudieran comprar cualquier cosa que quisieran…  y sin embargo en un barco todos cargamos con ciertas pertenencias que caben y no más. Las prioridades son muy distintas en la vida de los “marineros”. Pablo, por ejemplo, así como Bob capitán de Gaia fueron dueños exitosos de empresas en Estados Unidos. Crearon sus propios negocios, vivieron una vida de lujos y excesos, fueron dueños de carros, propiedades, y cosas. Ambos un día simplemente se cansaron de ese estilo de vida y vendieron todo, se compraron un velero y se fueron a vivir al mar.
En este tiempo he utilizado no más de 4 shorts, 6 playeras, y dos trajes de baño, tengo un par de sandalias y uno tenis…  es lo único que necesito.

 

Vivir a bordo de un velero significa vivir con pocas pertenencias.

 

Por otra parte no me costó mucho descubrir las desventajas que tiene este tipo de vida. En primer lugar, hay un apego al barco, una ves que se es dueño de un barco hay una “preocupación” constante por el. En segundo lugar es que puede llegar a ser muy caro, alguien me dijo “es como un hueco en el oceano donde tiras dinero”. En tercer lugar es que todo gira alrededor del barco, esa es la prioridad. Y por último es que es constante trabajo, siempre hay algo que arreglar e incluso las cosas más simples como conseguir agua consumen energía y tiempo.

 

Vivir a bordo de un velero es trabajo y vacaciones todo al mismo tiempo.

 

Algo curioso que me pasó es que escuchar las conversaciones entre “la gente de los barcos” me recordó tanto a estar en el rancho de mi abuela, donde mis tíos que son campesinos hablan todo el tiempo del clima, la tierra, las plantas. Entre los marineros se habla de la luna, se pone atención a los cambios en las olas, la temperatura, el clima…  se habla también de peces, de corales, de cielo, o de la visibilidad del agua.

 

Vivir a bordo de un velero es hablar del clima.

 

La vida en un velero incluye trabajo físico, se siente uno muy presente pues se usa el cuerpo de formas distintas, además de practicar deportes acuáticos, nadar, bucear, largas caminatas cuando llegas a tierra. Viviendo en un velero uno se vuelve sensible a los ciclos del propio cuerpo y a los ciclos de la naturaleza. Yo me descubrí más llena de algo salvaje.

 

Vivir a bordo de un velero es vivir descalza. 

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Colgando la ropa abordo de En Pointe, Raiatea, Polinesia Francesa. Photo by: Tom Van Dyke
mayo 14 / Desafío Sweet

Los veleros están partiendo, los veleros aparecen debajo de las piedras, los marineros salen como hormigas después de invierno, salen de sus caparazones de madera el muelle vibra una tensión eléctrica  todos se preparan.

Ambiente de algo que esta a punto de pasar,
se contiene la respiración
antes de dar otro salto al agua
profundo
cierra abre los ojos
el instante antes de…

Velas que se alzan, es hora de repartir tréboles de cuatro hojas, oler el viento, inspeccionar nubes, preguntar a los peces… esperar las señales de los pájaros, las palmeras desaparecen por debajo de las olas.

Es tiempo de partir ¿Vienes?
Sube abordo, ayuda a soltar las cuerdas de proa, ponte el traje y cúbrete de sal.

Acabo de rechazar una invitación para ir a Fiji como tripulación en un velero (Altimar Catamaran). Los marineros están saliendo de los recónditos costados de Nueva Zelanda, me los he encontrado toda la semana de la manera más espontanea: me llaman, me escriben e incluso en el supermercado de un pueblo donde vivo.

Un mail repentino de alguien que conoce a alguien que me conoce: – Estamos anclados a un lado de Miss Goodnight necesitamos tripulación para ir a Fiji. – Dije No.

Voy al supermercado: los chicos de Hungría me reconocen, tienen anclado su barco más al norte… que sorpresa! se preparan para ir a Vanuatu.

Tom se va a Nueva Caledonia, mi amiga Zuleika en su hermoso barquito dice Vanuato. Ian el que vino desde antártica dice yo me voy hasta el Japón… Miss Goodnigth va a Tonga, Reina Margarita a Fiji… otros ya partieron para Alaska…

Les haré señas desde el puerto con la mano y les tiraré flores. Escribiré sobre ellos, seguiré sus aventuras acá.  Tal ves los alcanzo en alguna otra isla, tal vez no. Y estoy feliz por ello, por no saber con exactitud cuando volveré abordo y saber también que siempre están ahí.

Porque no quiero congelarme en ninguna forma, encerrarme en un concepto de mi misma, decir esto soy, ponerme una definición.

No soy viajera: solo he viajado
No solo soy enfermera: esa es la profesión que estudié
No soy marinera: solo he navegado

Hay apertura para decir esto ha sido parte de mi vida pero no me identifico con ninguno de los personajes (aunque el  del “buscador” sea el más sutil). Los disfruto todos, puedo abrazarlos o caminar lejos de ellos.

Soltaré sus lineas desde el muelle esta vez.  Para mí no es temporada aún. La vida me ha dado una casita en las montañas donde veré pasar el invierno entre neblina y río, pescaré y contaré ovejas para dormir en el frío mientras todos huyen hacia la calidez de las islas… Esto  es lo que se expresa este momento, con una alegría  suavecita y constante… ya buscaré como calentarme los pies fríos.

…Los veleros que parten a distribuir mi alma por el mundo /
Volverán convertidos en pájaros /
Una hermosa mañana alta de muchos metros /
Alta como el árbol cuyo fruto es el sol /
Una mañana frágil y rompible /
A la hora en que las flores se lavan la cara /
Y los últimos sueños huyen por las ventanas /

*Fragmento de Altazor, Vicente Huidobro

¿Qué es el Desafío Sweet?

Es una Dinámica Creativa que se originó en Caminomundos.  El desafío es escribir una entrada de Blog durante 16 días seguidos teniendo una meta que va más allá de la escritura.

AQUÍ:

16 Posts/Escritos personales para… simplemente por hacerlo.
16 Acciones para promover o movilizar un negocio de consultoría de investigación.
2 Idiomas
Un “veamos que pasa”

abril 19 / Veleros

Cuando dijimos: nos hemos alejado de las palmeras, los mares aplaudieron con pájaros y olas. Había un cielo celeste bajo nuestras pestañas.  Lo imposible no ha de ser el camino a la taberna de la orilla. La camisa que palpitaba al viento era nuestra enseña de estrellas…

abril 19 / Polinesia Francesa
Reaparecer en el mundo después del parpadeo de un mes.  Tiempo que fue vivido en “ningún lugar” pues no hubo una noche que se durmiera en las mismas coordenadas geográficas que la noche anterior.

abril 18 / Veleros

Salgo de mi contemplación porque me balanceo de un lado a otro,  pongo la tapa de mi taza. ¡Hay! esos botes turistas que pasan tan cerca y vienen haciendo sus olas y sacudiendo mi café y lanzando a un lado mi baguette con mermelada. Que irrespetuosos ¿no ven que aquí vive gente?  Vuelvo  a ensimismarme…

Hay recuerdos que son como rendijas, son grietas en el tiempo, son puertas… son momentos que evocados nos transportan, son una catarata. Son vivirlos de nuevo. Hoy un recuerdo me inunda.

¿Hay algo que se pueda llamar “inicio”?

1.  Hoy regresé al momento en el que supe por primera vez que alguien había cruzado el atlántico en un barco velero. ¡¿un velero?! ¿El atlántico? ¿Semanas en el mar? ¿Una mujer y… sola? Impresión, incredulidad, asombro, una sacudida y al final una sensación de “DARME CUENTA” de algo.  Yo vivía en San Francisco. Ese día fui en bici a visitar la bahía… ahí abajo del Puente Golden Gate vi los triangulitos blancos que hacían líneas imaginarias en el agua… que impresión, se veían tan pequeños y tan frágiles como barquitos de papel que el viento puede voltear de un soplido.  Y sin embargo era posible…

 

Tambores ahí adentro

Ha, estoy de nuevo en la Polinesia, allá a tierra se ven los chicos que ensayan para la competencia de danza. Se escuchan tambores y ukuleles.  Veo el ensayo de baile como un vecino por encima de la cerca,  pero estoy en uno de esos barquitos que (literalmente) un día navegaba en San Francisco.

¿Qué pasó de ese día en la bahía al momento de ahora que los conecta como si fueran universos paralelos?

2.  Cuando trabajaba en Ginebra, fui a visitar a varios amigos en Alemania. Pao se casó con Daniel y el es de Berlín, pasé una semana con ellos. En una de las cenas, el casi por casualidad mencionó que había sido tripulación en un velero por 6 meses en el Caribe.  Que había renunciado a su trabajo como arquitecto, dejado su casa y todo… que sus antiguos compañeros habían colocado una foto en la oficina de él navegando en el Caribe, con la nota al pie: “mejor empleado del mes” mientras ellos vivían uno de los inviernos más fríos de Alemania.  Volví a sentir ese revoltijo en la pansa. Lo sentí más cerca. Ahora conocía a alguien de “la vida real” que lo había hecho.

 

Hambre de algo

¿Toca el almuerzo entonces? Acá en el barco se sabe que es hora de comer cuando da hambre, pues no hay horarios, y ¿Que importa si es entre semana o fin de semana? Caliento lo restante de la cena de ayer y regreso a donde estaba…

3.  Durante mi estancia en Europa fui encontrando lo que para mí fueron pequeñas señales,  esas coincidencias viajeras que uno intenta leer como los gitanos leen las manos.  Visité Marsella, una ciudad donde el mar es importantísimo, es el puerto más grande del mediterráneo, estuve caminando, viendo los barcos, y supe de un chico que por Internet encontró puesto como tripulación. Olesia, de Ucrania me dijo que se había certificado para “velear” pequeños barcos y después Ola, de Polonia también. Las llene de preguntas, quise investigar pues ahora lo sentía como una posibilidad real.

 

Viene el  sol a la isla

Hemos estado esperando “el clima”, pues es el “invierno polinesio” y ha hecho mucho viento. Allá afuera del arrecife el mar esta agitado. Si en un barco la hora y los días no importan, el dios del clima es el que dicta. Llevo un par de días sin salir ni a la esqui… perdón, sin ir a tierra. Así que agarro el “dinghy” (barquito inflable con motor) y manejo al puerto, salto a tierra y hago un rápido nudo en forma de tiburón.

4. Me voy por otra grieta. Recuerdo estar en República Checa en la cocina de la casa muy vieja donde viví con mis amigos Maga y Rami de Argentina. Reíamos y hacíamos cualquier cosa en Internet, cuando yo dije:   – ¡ya sé que voy a hacer! Como voy a vivir en un velero, justo ahora voy a aprender a hacer nudos. Con actitud seria me metí a Youtube para ver un tutorial… que 5 minutos después abandoné. Reíamos. Sin embargo, ese día “tuve una certeza” como diría Maga. Yo estaba segura de que un día lo haría, no sabía cuándo o cómo pero estaba segura.

 

Salgo del sendero

Camino por la isla y me dirijo a la montaña, – ¡Ia ora na!  – ¡Bonjour!  me encuentro con niños diciéndome “buenos días” en tahitiano y en francés. Empiezo a subir y me dan ganas de salirme del caminito marcado con piedras. Doblo a la izquierda y me pierdo entre los arboles.

5.  Cuando regresé a México me preguntaban qué es lo siguiente que haría… yo entonces respondía con un tono de normalidad: “hmm, me voy a ir a vivir a un barco velero” Soy de la parte centro de México, nunca antes me había subido a un velero, y en el país no hay una cultura de navegar de esta forma. Sonó a una locura entonces, pero yo tenía esa confianza. Llegó enero, hice mi mochila, me despedí y me fui a la costa de México. Decidí hacer un camino diferente, crear mi propia forma de experimentarlo y me lancé al vacío.

 Yo Estoy Aquí

Regreso al barco, aprovecho la calma para tocar la guitarra.

Miro alrededor de esos metros cuadrados de madera en los que estoy flotando. Amo la sensación de vivir flotando en agua, agua en movimiento.

Me siento ligera, leve, fugaz, momentánea…

abril 16 / Polinesia Francesa

Despierto, el sonido del mar al chocar con el arrecife es lo primero de lo que soy consciente antes de abrir los ojos. Ha… ¡Si!, pasa un minuto antes de que me recuerde a mi misma: estoy en una isla, vivo en un barco, en medio del Océano Pacífico. Me llamo Tulia.

Navegué en un barquito velero por un mes para llegar a este lado del mundo. Ya pasaron seis meses desde que inicié esta aventura sin saber (literalmente) que rumbo tomaría. Hoy estoy en una isla de la Polinesia Francesa tomando un descanso “a tierra” del barco y un descanso del movimiento constante, hoy despierto en la madrugada en una casita frente al mar y piso el pasto y escucho los grillos…  es  ahora que despierto y me doy cuenta de lo que he pasado… y está pasando.

Intente explicar (no ayudó que fuera en francés) lo que había sido vivir un mes a mar abierto, y como resultado tuve que cambiar de tema, aunque fuera en español hay cosas que no se pueden explicar así nomás…  tal vez si escribiera un poema y me agotara de palabras que de alguna forma pudieran transmitir  la inmensidad, el azul profundísimo, el verdadero silencio, y el infinito de un horizonte. Un día tal vez le encuentre sentido a esos diarios que escribí en el océano, por ahora me parece que todo fue un sueño tan profundo como el mismísimo Pacífico. Y es que un mes en un velero de 9 metros, en un espacio que se convierte en tu pequeño planeta, no solo es un mes… son todas las semanas de ese mes,  es cada día de todas las semanas  y cada hora de cada día del mes… es todo-momento… en el  océano y en movimiento constante.

Desde hace  tiempo quería escribir sobre como es vivir… hmm ¿a bordo?… no, más bien en el borde… de países, de islas, de mundos. Cuando viví en Europa quise escribir para amigos, familia, gente que me pregunta tanto. Sin embargo, lo  postergue porque quería “hacerlo bien” mi perfeccionísmo que se relaciona(ba) a mi gusto por la “investigación científica” me obsesionaban con detalles que nunca dejaron que estuviera lista ni una página. Además porque en la “Vida Profesional” se me ha considerado como gente seria y las gentes serias no escriben de islas o de viajes o de mundos… las gentes serias publican artículos en revistas de investigación.

Hoy no me importa.

Desperté con una indiferencia extraña y cansada de “decisiones”, de pensar y pensar que sigue, que viaje, que isla, que proyecto, que persona, que trabajo, que idioma…  bueno pues hoy puedo bailar y ser la reina del ridículo.

Photo by Tom Van Dyke
Photo by Tom Van Dyke

Pues bien, hoy estoy en Raiatea, la “Isla Sagrada” como es llamada, pues es la isla más misteriosa de la Polinesia. Hace un día y muchos años fue el centro de la cultura y religión de “El triangulo polinesio” que incluye las islas alrededor de Tahití (hoy Polinesia Francesa), Hawai, y Nueva Zelanda. Como menciona el escritor Paul Theroux en “The happy islands of Oceanía”, más que un océano,  el pacífico es como un universo, y un mapa luce como el retrato de la noche, como si el cielo y la tierra se hubieran invertido… así es el pacífico, como el espacio exterior, una inmensidad de vacío lleno de puntitos de islas que tintinean como estrellas.

Aquí en Raiatea es donde llegue de nuevo a un bordecito, a una necesidad de sentarme, sentarme en la tierra y olerla. Tenía  una necesidad de soledad y no hacer nada, quedarme quieta por un momento… pues vivir  en el barco ha sido de muchas cosas, juegos, personas, idiomas y paisajes… pero sobretodo movimiento.  Tanto que no he ido dentro y ver lo que está cambiando, y aunque tengo los lapsos de navegar entre una isla y otra que son lapsos de silencio… el mar me tiene hipnotizada con su profundidad y  cuando despierto ya estoy en otra isla, en otro mundo.

Pensaba en contar como “decidí” ir en barco; cuándo pensé que era imposible, cuando un día agarré mi mochila y me fui a la costa; o como arreglamos los preparativos y las provisiones; cuando descubrí  este tipo de vida y las grandes historias y personajes que he conocido. Quería contarlo desde principio y en orden como mi cerebro

acostumbrado

a la metodología me decía… y luego supe que no, que mi vida es mucho más (o mejor dicho, menos) compleja  que un principio y un orden, que el sentido del tiempo se ha desvanecido entre olas. Así que empiezo con este momento, ahora. Hoy tal vez no sea un artículo con referencias,  ninguna validación de expertos tuvo lugar, y estoy llena de “Bias” (sesgo).   Esta vez se trata solo de la primera palabra. Una palabra que escribo y que comparto sobre este extraordinario viaje en la pequeña isla que muchos llamamos “Tierra”.