Categoría: Vida

mayo 5 / Diario

Llego a San Martín de las Pirámides y busco la terminal de combis al Saltito. Hace calor y el pueblo esta abochornado, tanto como yo.  Una pequeña combi blanca espera en la estación, subo y de apoco se va llenando: señoras curtidas por el sol con  sus macetas, con niños, muchachas con mucho rimel, hombres con sombreros. “Buenas tardes”, “Buenas tardes” y se acomodan a un lado del otro.

Avanzamos, cada uno va pasando su pasaje de mano en mano y aprevienen: “Bajan en el tope”, “en el puente”, “en la escuela”, “bajan en el poste”, y reciben su cambio de mano en mano de vuelta. Una vejita con sus macetas se baja en “los blocks”, voltea y sonriendo: “Que dios los acompañe a todos, hasta luego“, un “Gracias” generalizado llena el pequeño espacio de la combi por un momento y pienso – Si, ya no estoy en el DF, donde todos se empujan mortalmente contra otros para caber en el metrobus, el primero gana, hay que andar con paso acelerado y estar abusados de cuando se abran las puertas prenderte de todas tus pertenencias hasta con los díentes. ¿Buenas tardes? ¡Que va!.

Ahora se ve el campo por las ventanas, cerros, magueyes, ¡cielo azul!, nopaleras, niños y perros sueltos en los patios, gallinas a media carretera, organos y jacarandas en contraste. La pequeña combi atravezó San Martin, San Antonio, Itxtlahuaca meneandose con esa canción tururu tururu de feria de pueblo. Al pasar frente al cementerio aviso: “Bajan en la Casa Ejidal”, estacionamos, mi abuela esperaba fuera platicando con las señoras, se veían tan sin apuros, atardecía en uno de esos días tranquilos en el campo.

Foto: Los nopales del rancho de mi abuela. 2016

abril 8 / Diario

Desde que volví a México dejé de publicar, a veces incluso, de escribir.  Ya pasaron seis meses. Ya fui al rancho de mi abuela, pasó navidad, viajé, comí, me reencontré con viejos amigos y conocí a nuevos. Hoy la cotidianidad de una ciudad como el DF me está absorbiendo y esa sensación me gusta: cuando algo ajeno se hace normal, cuando uno absorbe una nueva vida diaria, que sin embargo va irremediablemente atada a olvidar. He olvidado tantas cosas, tantos viajes y nombres, tantas experiencias, uno olvida, el hombre está hecho para olvidar como dice el poema:

“Uno apenas es una cosa cierta / que se deja vivir, morir apenas / y olvida cada instante, de tal modo que cada instante nuevo, lo sorprenda.”

Hoy el mar me parece lejano, hoy lo extraño y sueño que conducimos L y yo por las montañas verdes de Nueva Zelanda y mis amigos maorís me saludan y me abrazan al verme llegar. Una vez escribí en mis diarios de Nueva Zelanda:

” Ver el mar y las montañas es algo que ahora hago con ojos de casa, y no por eso sin asombro, si no con el asombro de que algo ajeno y extraño se vuelva familiar e íntimo, como los cuerpos de los amantes, por ejemplo, las montañas de Haverlock North son así, las formas y el color del mar me los sé como si cierro los ojos y siguen estando allí tan claras. ¿En que día a kilómetros de aquí esta familiaridad desaparecerá? Porque lo hará, y ahí está la daga para muchos para otros el alivio, de decir: cierro los ojos y los detalles ya no están, los lunares los he olvidado o se han caído de la memoria como una cosa que se desgaja con el tiempo y sin embargo no es el tiempo: es la frescura del ahora a través de los días. Así cuando ya no recuerde -del todo- el color del mar, tal vez este lugar quedará como una reminiscencia de que una vez en un lugar lejano y azul fui feliz con dos perros consentidos, una mujer y una casa”

Mientras iba por el segundo piso del Periférico a la hora pico, me pareció ver todo en azul, de repente, en un momento todo alrededor era agua, azul hasta el horizonte, el cielo claro, el silencio y la nada como algo que existiera presente, la frescura de la brisa salada y la apertura del espacio… En el momento siguiente se materializaron las filas interminables de carros como otra inmensidad, el ruido no de olas si no de claxons, el calor sin la brisa, el estrés comunal de un paso lento y frustrante, y a lo lejos el cielo gris y la vista saturada de edificios, techos llenos de tinacos y ropa colgada, espectaculares y cables.  Aún así un tipo de silencio extraño parecía enmudecerlos a todos y hacerlos tan palpables en esta realidad opuesta e impactante y tan verdadera como el azul que dejé de ver.

septiembre 15 / 30 días de regreso

De la maquina del tiempo y de cómo Tulia no se ha podido ir de Nueva Zelanda

Era por el día 17 cuando en la Embajada Mexicana  arrancaba la maquina de los pasaportes -ahora la Máquina del Tiempo-   Cuando todo parecía ir bien, de repente el humo salía de la oficina y todo parecía caerse abajo: un viaje, el regreso, la cita de la visa, la fiesta de graduación, los tacos a una semana de distancia, la casa de la abuela, la navidad…  Mientras en la sala de esperas habían pasado ya tres horas, en la oficina la Cónsul hablaba con el técnico que rescataría nuestras vidas.

Ascario (nombre real) por el altavoz al otro lado del teléfono, al otro lado del mundo, en México:

-¿Ya colocó los cartuchos de impresión?  No, pues intente limpiarle con un trapito… ahí donde están los cartuchos.

Silencio (con un tono de frustración)

Cónsul:

-Ya, ya lo intenté. Y sigue sin imprimir el pasaporte…

Ascario:

-No pues esta mal la impresora señora.

Cónsul:

– ¡Pero si es nueva! La mandamos a traer hace dos semanas…

Ascario:

-Nooo pues ijole, tiene que hablar con el de la fabrica, se la mandaron mal…

Tulia  por lo pronto en la sala de espera, deseando que esta fuera una historia inventada, hojeando el ancho libro de 2000 imágenes del DF que está reservado -sólo- para estos casos.  Sin WiFi, la batería del celular peligrosamente baja y mis botanas ya se habían acabado.

Después de cinco horas de espera, tres técnicos distintos, 118 dólares (porque todavía me cobraron!) y muchos suspiros de parto desde la oficina:  ¡Mi pasaporte!!!   Pero la espera de dos semanas ha pospuesto la cita de la visa, y Tulia tiene que cambiar su vuelo.

La máquina del tiempo dice que debo quedarme a ver el inicio de la primavera en esta isla, y mientras todas las flores florecen y  los corderos nacen y las playas se empiezan a llenar, yo me quiero ir. Me quiero ir, me quiero ir, me quiero ir.  Pero no. Al parecer desde que acepté que la vida es la que decide por mi, que ella va adelante y yo detrás, que ella da los pasos y y yo le sigo, que en la vida pasan cosas, y yo, las vivo…  desde que acepté que voy de copiloto disfrutando de los paisajes mientras la vida conduce desprevenida y a veces sin licencia y a veces en picada y a veces taaan lento que alcanzo a ver el rastro del movimiento…  bueno, desde que es así, me tomo todo esto como una broma sarcástica.

Ahora vuelve la incertidumbre de los tiempos y las certezas en el movimiento. Y digo voy pronto, eso digo…  pero ¡quien sabe!.