Día 30 (El primero)

El camino de vuelta ya está señalado con migajas de pan sobre el mar. Necesité casi treinta días para arrancarme de un cuerpo, empiezo treinta días para volver a arrancarme de otro cuerpo: el de Nueva Zelanda, el del invierno, el de las ciudades limpias y verdes y las calles serenas, de los andares despreocupados de un pueblo tranquilo y fresco.

Porque a veces necesito exprimirme a mí misma como un enorme grano lleno de pus. Así se siente de satisfactorio: sacar eso que se está por dentro cociendo, burbujeando, a veces incluso pudriéndose e hinchándose hasta que no cabe más. Siento el vacío y el viento y el borde que se vuelven a acercar, o yo me acerco a él. Me propongo no olvidar olvidándolo todo.
Lo que estamos haciendo de los días, lo que estamos haciendo de los días es echarnos a la alfombra con los perros, hacernos un ovillo, lamernos las orejas y las bocas, bostezar, mirar al cielo. Veo de forma enfermiza y alegre el cuarto donde dormimos y digo: estoy viviendo.
A veces, hay que aceptar que ninguna palabra con la que llené esos cuadernos naranja fue escrita para ser dicha. Lo quemo en un acto seductor y de miedo, más que por el olvido es por el recuerdo. De que las cosas sagradas están en el hueco, en la ceniza, en el viento. Hay que volver a mirarse cada vez, cada noche para comprobar la extrañeza de los cuerpos, para comprobar que lo que hacemos es amor y no ritual, pero también hay ritual en el amor y amor en el ritual, de eso no hay duda.

Habité todas las casas que necesité para sanar, para vivir silenciosa y anónima. Habité todos los días en este país lejano porque lejano parecía todo, esta especie de enfermedad antigua incapacidad para no reconocer nada, enfermedad o liberación es lo mismo, y locura también. Me he sanado con las ramas, las olas, con Italia, con borregas, con islas, con besos, casas y perros, con sueños, con amigos y desconocidos, con mujeres y hombres, reconociendo de nuevo cada nombre, no por su nombre pero por el anhelo de prendernos de ellos, de los nombres como de los sueños. Me he sanado mientras dormía y no lo sabía. Es hora de regresar a casa, bueno, lo que se dice casa pero es mi madre, mi hermana, mi abuela, es decir el cuerpo de hija, de hermana de nieta. Un día quise desaparecer y lo he hecho. Me pasaron tres años, me atravesó por el centro cada uno de todos sus días. Quiero llorar cuando me doy cuenta del tiempo, no, cuando me doy cuenta de que no ha pasado el tiempo y sin embargo han sucedido todas las cosas por contar… como ahora, contar para atrás, sólo porque en el mundo hay que seguir amando (y contando).

#30díasdeRegreso

Desafío creativo de escritura en 30 días. Esta vez, en cuenta regresiva…

2 Comments

  1. agosto 12
    Reply

    Graciaasss chinito 🙂
    Ahora tengo soundtrack para el camino de vuelta 😉
    xxxx

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