La niebla de Taumarunui

Ayer una nube descendió sobre el pueblo.  Desde aquí se le podía ver blanca, recostada a lo largo de las calles del pequeño Taumarunui… entre las casas tomaba formas de laberinto, a veces tocando a la puerta, a veces entrando por debajo sin permiso… Los habitantes del pueblo se sintieron entonces extraordinarios.  No sé, tal vez porque entre tanta niebla nadie los vería o tal vez por respirar algo tan puro, que llega justo dentro…

La niebla de Taumaranui se va extendiendo como lo hacen los aromas
Como lo hace el aroma del café en la mañana,
como lo hace tu aroma, tu perfume cuando pasas
Así la niebla va drogando a la gente por las ventanas,
por las puertas los resquicios y se les viene adentro una nostalgia –  propia de los años no vívidos, de las caricias nunca dadas, de los amores olvidados, de los recuerdos que nunca llegaron a ser recuerdo, de la tristeza inherente a las cosas
cosas como la naturaleza y el árbol
cosas como la silla medio rota de la esquina,
o como la madera seca.

La niebla de Taumaranui  se respira, se prueba, se entra por los poros, por los oídos, se penetra así misma como a nosotros mismos… y vamos por ahí con ojos que ven los minutos diferente, porque estamos más conscientes, porque vemos los momentos en el momento, porque al mismo tiempo que el tiempo es tiempo, es nada; y al mismo tiempo que el tiempo es tiempo, es el instante donde no existe el tiempo.

La niebla de Taumaranui termina disolviéndose, y el pueblo se hunde de nuevo
en su cotidianidad
de ver a las cosas
como cosas.

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