La Tierra al otro lado del Océano

Reaparecer en el mundo después del parpadeo de un mes.  Tiempo que fue vivido en “ningún lugar” pues no hubo una noche que se durmiera en las mismas coordenadas geográficas que la noche anterior.
Un viaje tan intenso desde el momento en que la costa del continente Americano desapareció entre olas, un shock de impresión al ser consciente “no hay vuelta atrás aquí”… pero después… después el silencio… una pausa en la vida, una pausa del ritmo del mundo del hombre… una pausa para observar el mismo movimiento…

Los calendarios decían que era domingo cuando vimos la sombra de algo que sobresalía del acostumbrado horizonte perpetuo a la mar. Los días habían perdido el significado, el barco se había quedado sin energía eléctrica el día anterior, yo no recordaba la última ves que me había bañado y también parecía que el olor a tierra se me estaba olvidando por la sal. Vi la isla a lo lejos durante 24hrs antes de llegar y me preguntaba: ¿Qué estarían haciendo los habitantes de Nuku Hiva? ¿Cómo sería un domingo normal en la isla más remota del mundo? Las Islas Marquesas son probablemente las más amadas para aquellos que atravesamos el Océano Pacífico pues son la primera tierra a la que se regresa al mundo del hombre.

Entramos a la Bahía de Taiohae atravesando las puertas montañosas, otros veleros descansaban ya en el agua, soltamos el ancla y el movimiento por fin se detuvo ¡se detuvo! Flotamos solamente con un leve balanceo, saltamos en el pequeño barco (Dinghy) para ir a tierra y mientras me alejaba por primera ves de En Pointe, voltee a mirar el pequeño mundo amarillo en el que viví, me llegó un sentimiento de despegarme de algo a lo que había pertenecido.

Llegamos a tierra, caminé con piernas débiles, piernas de marinero, pues mis músculos habían perdido fuerza, un poco al principio como borracha, ¿o más bien como un niño que aprende a caminar? Aprendí a caminar de nuevo entonces, salte, brinqué, esperaba que todo se moviera… pero no… y entonces me pareció todo tan fijo, tan perturbadoramente sólido. Mi mente se sintió confundida, una vez más le jugaba una broma. Estuve abrumada por todo lo nuevo que veía: ¡árboles!, sí, eran árboles de Uru* y eran muy verdes, montañas, flores, animales, caballos, colores… ¡personas!, voces, casas de estructuras que nunca había visto, idiomas distintos (francés y el idioma de las marquesas). Demasiado para alguien que solo ha visto azul por mucho tiempo. Caminé y me cansé enseguida, palpite fuertemente, respiré profundo… había vivido al nivel del mar y de repente subía, el cambió lo sentí en todo el cuerpo, en la mente, en mi corazón impresionado.

En la isla Nuku Hiva lo primero que encontré fueron sonrisas. ¡Kaoha! decía cada persona que me tope en el camino. La amabilidad de la gente de la polinesia es famosa entre los marineros; relajados, sencillos, tan calidos y sonrientes dan la bienvenida a aquellos que el viento ha traído.

Población total de la isla más grande de la región = 2,600 personas. Las Marquesas son “el jardín de la Polinesia Francesa”, es naturaleza pura, no hay ninguna construcción grande aunque impresiona el grado de “desarrollo” pues tácticamente es Francia y se puede percibir en sus pocas calles tan pulcras como las de Suiza, en los Baguettes, en sus leyes, así como en el sistema educativo y de salud.

Pero,

¿Cómo es la tierra allá en el otro lado del Pacífico?

Las Marquesas son una tierra de lava, islas jóvenes y verdes donde todo crece. Son islas de imponentes montañas en el mar, montañas flotantes, montañas recién nacidas.

Una tierra sin frío donde no hay temporadas para la fruta, todo el año es temporada.

Una tierra que duerme tranquila bajo el espectáculo más hermoso de estrellas. Aquí no existe la vida nocturna más que las reuniones que se hacen a la orilla del mar, no hay prisa aquí.

Una tierra donde habitan pocos humanos y se aprende el idioma de los antepasados tanto como el idioma del país y sus escuelas.

Una tierra que habla con tambores y ukuleles.

Una isla donde se vive en la tierra pero se sabe que tanto se pertenece al mar.

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