Mi segundo nombre es Margarita

Todos tenemos esa parte que uno quiere ocultar. Puede ser un segundo nombre, la foto de graduación de la secundaria, un lunar en alguna parte o haber reprobado el 5to curso.

Margarita no me gustaba tal vez por ser diminutivo y yo quería estar relacionada con algo fuerte, con carácter. Ahora no me importan los diminutivos. Antes no me gustaba tener manos pequeñas, yo quería tener manos grandes para agarrar con más fuerza. Ahora no, ahora veo que no importa el tamaño de las manos, pero la determinación, y la entrega.

¿Porqué tenemos esa necesidad de que se nos tome tan enserio?
Tal vez, en el fondo quisiéramos anclarnos a la tierra, hacernos montaña.

Emborrachándome en bar de Londres con A (ese hombre con nombre de mujer) le dije: A, no entiendo porque la gente me dice que debo “creermela”, no consigo creerme nada por completo, a veces me siento como si fuera un personaje con el que juego, como un trajecito que me pongo, una muñeca de esas recortables a las que vistes. Nos reíamos esa noche tanto, así como hacíamos en la oficina también. – ¿Crees que por eso las mujeres no me tomen enserio? me reí con él hasta la madrugada. En el fondo A es como yo, por eso ríe tanto. A él tampoco le importa parecer pequeño y sin embargo tiene manos grandes. El se fue a India a trabajar en una ONG. Yo me fui a un Velero y aprendí otro juego, uno de olas y viento.

Que pequeño parece mi ser, cambiante, tan lleno de sangre, tan suave
y propenso al tiempo, al clima y al hambre.
Aquí vivo en mi pecho, mis manos, mis pies fríos,
y tanto espacio adentro,
¿De verdad es que siendo tan pequeña, soy tan grande?

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