Tulia Gonzalez Posts

abril 18 / Veleros

Salgo de mi contemplación porque me balanceo de un lado a otro,  pongo la tapa de mi taza. ¡Hay! esos botes turistas que pasan tan cerca y vienen haciendo sus olas y sacudiendo mi café y lanzando a un lado mi baguette con mermelada. Que irrespetuosos ¿no ven que aquí vive gente?  Vuelvo  a ensimismarme…

Hay recuerdos que son como rendijas, son grietas en el tiempo, son puertas… son momentos que evocados nos transportan, son una catarata. Son vivirlos de nuevo. Hoy un recuerdo me inunda.

¿Hay algo que se pueda llamar “inicio”?

1.  Hoy regresé al momento en el que supe por primera vez que alguien había cruzado el atlántico en un barco velero. ¡¿un velero?! ¿El atlántico? ¿Semanas en el mar? ¿Una mujer y… sola? Impresión, incredulidad, asombro, una sacudida y al final una sensación de “DARME CUENTA” de algo.  Yo vivía en San Francisco. Ese día fui en bici a visitar la bahía… ahí abajo del Puente Golden Gate vi los triangulitos blancos que hacían líneas imaginarias en el agua… que impresión, se veían tan pequeños y tan frágiles como barquitos de papel que el viento puede voltear de un soplido.  Y sin embargo era posible…

 

Tambores ahí adentro

Ha, estoy de nuevo en la Polinesia, allá a tierra se ven los chicos que ensayan para la competencia de danza. Se escuchan tambores y ukuleles.  Veo el ensayo de baile como un vecino por encima de la cerca,  pero estoy en uno de esos barquitos que (literalmente) un día navegaba en San Francisco.

¿Qué pasó de ese día en la bahía al momento de ahora que los conecta como si fueran universos paralelos?

2.  Cuando trabajaba en Ginebra, fui a visitar a varios amigos en Alemania. Pao se casó con Daniel y el es de Berlín, pasé una semana con ellos. En una de las cenas, el casi por casualidad mencionó que había sido tripulación en un velero por 6 meses en el Caribe.  Que había renunciado a su trabajo como arquitecto, dejado su casa y todo… que sus antiguos compañeros habían colocado una foto en la oficina de él navegando en el Caribe, con la nota al pie: “mejor empleado del mes” mientras ellos vivían uno de los inviernos más fríos de Alemania.  Volví a sentir ese revoltijo en la pansa. Lo sentí más cerca. Ahora conocía a alguien de “la vida real” que lo había hecho.

 

Hambre de algo

¿Toca el almuerzo entonces? Acá en el barco se sabe que es hora de comer cuando da hambre, pues no hay horarios, y ¿Que importa si es entre semana o fin de semana? Caliento lo restante de la cena de ayer y regreso a donde estaba…

3.  Durante mi estancia en Europa fui encontrando lo que para mí fueron pequeñas señales,  esas coincidencias viajeras que uno intenta leer como los gitanos leen las manos.  Visité Marsella, una ciudad donde el mar es importantísimo, es el puerto más grande del mediterráneo, estuve caminando, viendo los barcos, y supe de un chico que por Internet encontró puesto como tripulación. Olesia, de Ucrania me dijo que se había certificado para “velear” pequeños barcos y después Ola, de Polonia también. Las llene de preguntas, quise investigar pues ahora lo sentía como una posibilidad real.

 

Viene el  sol a la isla

Hemos estado esperando “el clima”, pues es el “invierno polinesio” y ha hecho mucho viento. Allá afuera del arrecife el mar esta agitado. Si en un barco la hora y los días no importan, el dios del clima es el que dicta. Llevo un par de días sin salir ni a la esqui… perdón, sin ir a tierra. Así que agarro el “dinghy” (barquito inflable con motor) y manejo al puerto, salto a tierra y hago un rápido nudo en forma de tiburón.

4. Me voy por otra grieta. Recuerdo estar en República Checa en la cocina de la casa muy vieja donde viví con mis amigos Maga y Rami de Argentina. Reíamos y hacíamos cualquier cosa en Internet, cuando yo dije:   – ¡ya sé que voy a hacer! Como voy a vivir en un velero, justo ahora voy a aprender a hacer nudos. Con actitud seria me metí a Youtube para ver un tutorial… que 5 minutos después abandoné. Reíamos. Sin embargo, ese día “tuve una certeza” como diría Maga. Yo estaba segura de que un día lo haría, no sabía cuándo o cómo pero estaba segura.

 

Salgo del sendero

Camino por la isla y me dirijo a la montaña, – ¡Ia ora na!  – ¡Bonjour!  me encuentro con niños diciéndome “buenos días” en tahitiano y en francés. Empiezo a subir y me dan ganas de salirme del caminito marcado con piedras. Doblo a la izquierda y me pierdo entre los arboles.

5.  Cuando regresé a México me preguntaban qué es lo siguiente que haría… yo entonces respondía con un tono de normalidad: “hmm, me voy a ir a vivir a un barco velero” Soy de la parte centro de México, nunca antes me había subido a un velero, y en el país no hay una cultura de navegar de esta forma. Sonó a una locura entonces, pero yo tenía esa confianza. Llegó enero, hice mi mochila, me despedí y me fui a la costa de México. Decidí hacer un camino diferente, crear mi propia forma de experimentarlo y me lancé al vacío.

 

 Yo Estoy Aquí

Regreso al barco, aprovecho la calma para tocar la guitarra.

Miro alrededor de esos metros cuadrados de madera en los que estoy flotando. Amo la sensación de vivir flotando en agua, agua en movimiento.

Me siento ligera, leve, fugaz, momentánea… como espuma de las olas.

abril 16 / Polinesia Francesa

Despierto, el sonido del mar al chocar con el arrecife es lo primero de lo que soy consciente antes de abrir los ojos. Ha… ¡Si!, pasa un minuto antes de que me recuerde a mi misma: estoy en una isla, vivo en un barco, en medio del Océano Pacífico. Me llamo Tulia.

Navegué en un barquito velero por un mes para llegar a este lado del mundo. Ya pasaron seis meses desde que inicié esta aventura sin saber (literalmente) que rumbo tomaría. Hoy estoy en una isla de la Polinesia Francesa tomando un descanso “a tierra” del barco y un descanso del movimiento constante, hoy despierto en la madrugada en una casita frente al mar y piso el pasto y escucho los grillos…  es  ahora que despierto y me doy cuenta de lo que he pasado… y está pasando.

Intente explicar (no ayudó que fuera en francés) lo que había sido vivir un mes a mar abierto, y como resultado tuve que cambiar de tema, aunque fuera en español hay cosas que no se pueden explicar así nomás…  tal vez si escribiera un poema y me agotara de palabras que de alguna forma pudieran transmitir  la inmensidad, el azul profundísimo, el verdadero silencio, y el infinito de un horizonte. Un día tal vez le encuentre sentido a esos diarios que escribí en el océano, por ahora me parece que todo fue un sueño tan profundo como el mismísimo Pacífico. Y es que un mes en un velero de 9 metros, en un espacio que se convierte en tu pequeño planeta, no solo es un mes… son todas las semanas de ese mes,  es cada día de todas las semanas  y cada hora de cada día del mes… es todo-momento… en el  océano y en movimiento constante.

Desde hace  tiempo quería escribir sobre como es vivir… hmm ¿a bordo?… no, más bien en el borde… de países, de islas, de mundos. Cuando viví en Europa quise escribir para amigos, familia, gente que me pregunta tanto. Sin embargo, lo  postergue porque quería “hacerlo bien” mi perfeccionísmo que se relaciona(ba) a mi gusto por la “investigación científica” me obsesionaban con detalles que nunca dejaron que estuviera lista ni una página. Además porque en la “Vida Profesional” se me ha considerado como gente seria y las gentes serias no escriben de islas o de viajes o de mundos… las gentes serias publican artículos en revistas de investigación.

Hoy no me importa.

Desperté con una indiferencia extraña y cansada de “decisiones”, de pensar y pensar que sigue, que viaje, que isla, que proyecto, que persona, que trabajo, que idioma…  bueno pues hoy puedo bailar y ser la reina del ridículo.

Photo by Tom Van Dyke
Photo by Tom Van Dyke

Pues bien, hoy estoy en Raiatea, la “Isla Sagrada” como es llamada, pues es la isla más misteriosa de la Polinesia. Hace un día y muchos años fue el centro de la cultura y religión de “El triangulo polinesio” que incluye las islas alrededor de Tahití (hoy Polinesia Francesa), Hawai, y Nueva Zelanda. Como menciona el escritor Paul Theroux en “The happy islands of Oceanía”, más que un océano,  el pacífico es como un universo, y un mapa luce como el retrato de la noche, como si el cielo y la tierra se hubieran invertido… así es el pacífico, como el espacio exterior, una inmensidad de vacío lleno de puntitos de islas que tintinean como estrellas.

Aquí en Raiatea es donde llegue de nuevo a un bordecito, a una necesidad de sentarme, sentarme en la tierra y olerla. Tenía  una necesidad de soledad y no hacer nada, quedarme quieta por un momento… pues vivir  en el barco ha sido de muchas cosas, juegos, personas, idiomas y paisajes… pero sobretodo movimiento.  Tanto que no he ido dentro y ver lo que está cambiando, y aunque tengo los lapsos de navegar entre una isla y otra que son lapsos de silencio… el mar me tiene hipnotizada con su profundidad y  cuando despierto ya estoy en otra isla, en otro mundo.

Pensaba en contar como “decidí” ir en barco; cuándo pensé que era imposible, cuando un día agarré mi mochila y me fui a la costa; o como arreglamos los preparativos y las provisiones; cuando descubrí  este tipo de vida y las grandes historias y personajes que he conocido. Quería contarlo desde principio y en orden como mi cerebro

acostumbrado

a la metodología me decía… y luego supe que no, que mi vida es mucho más (o mejor dicho, menos) compleja  que un principio y un orden, que el sentido del tiempo se ha desvanecido entre olas. Así que empiezo con este momento, ahora. Hoy tal vez no sea un artículo con referencias,  ninguna validación de expertos tuvo lugar, y estoy llena de “Bias” (sesgo).   Esta vez se trata solo de la primera palabra. Una palabra que escribo y que comparto sobre este extraordinario viaje en la pequeña isla que muchos llamamos “Tierra”.