Primavera – y el final de las casas

Un día uno se despierta cálido. Me doy un estirón desnuda y agarro mis ropas para ir a darme un baño, cruzo la sala, saludo al gato y veo a través del ventanal. ¡Ahí estaba! Bañarme esperaría un rato más, salgo descalza al porche de madera, miro hacia arriba las nubes, huelo de colores y saboreo con la lengua la humedad de un viento tibio. Entonces supe que el invierno había terminado y que tenía ganas de bailar como única certeza de que es primavera.

Ya he olvidado todo. He olvidado el número de las casas ajenas, los nombres de los pueblos, las direcciones postales, las instrucciones para subir y bajar un país isla como éste de mares montañas,   recorridos kilométricos en un vagabundear perfectamente sin sentido. 10 meses en Nueva Zelanda será mucho, será poco… busco la referencia dentro mío como si quisiera hacer una medición y no la encuentro. Supongo que para algunos, como mi mamá y las leyes migratorias ha sido demasiado; para mi  en cambio ha sido el exacto tiempo de un otoño invierno frente al fuego de una chimenea.

Porque los últimos 5 meses los pasé en soledad completa. Tanta gente me ha preguntado si no me aburro, porque viví los días en casas y jardines ajenos, cuidando gatos o borregas, sola. Con visitas de por medio, pero sola. Soledad. No entiendo porque muchos le temen a la soledad, al vacío, ¿será un miedo a quedarse sólo de frente al espejo? ¿sin distracciones que oculten los sonidos del cuerpo?

Pero creo que estar solo, o estar a gusto estando solo es más relacionado a estar con uno mismo que a no-estar con alguien más. La “vida del hombre moderno” va tan rápido, hay tantas cosas que “dejar hechas”, que nos “esperan”, no hay tiempo que “perder”… vamos corriendo tras cosas sin nunca detenernos a mirar realmente quién o qué nos dio esa dirección. Pero yo que sé… yo simplemente necesitaba buscarme un nidito donde pasar el invierno, uno que tuviera chimenea y exceso de silencio… Donde ir a mi propia velocidad, descubrir ritmos distintos, aprender el idioma de gato y del árbol, soltarme a llorar -sin motivo- frente a cada río que me encontré y  reír abiertamente -sin causa- como cantar a pleno pulmón sin espectadores, no ver a nadie por días y sentirme completamente feliz… y pensar en un punto que si, que me he vuelto totalmente loca.

Y es que ha sido tan… podría decir “mío” pero no es ni si quiera eso… hay algo primero a eso, algo más temprano, más cercano… porque ni siquiera tengo que pensarlo, así como nunca lo planee, así como la vida no hace estrategias  de cómo sacarle las hojas a los árboles, de cuantos grados bajará este año y cuantos copos de nieve se necesitan en la cobertura de una montaña.  Entonces sé que todo esto es culpa de las estaciones…

Un día el clima se despierta cálido, y  de repente  me vienen  sabores y emociones que no había tenido hace tanto. Ganas de bailar en compañía, de salir, de nadar, de trabajar, por dios tengo ganas de TRABAJAR e incluso me atrevería a “estar ocupada”, pero todas estas cosas se descubren tiernas. Tanto que empecé a extrañar México y dije si... nunca había sentido esta marcada nostalgia  del rancho de mi abuela, de la comida, mi sobrino y las cosas del día día pláticas y cotorreo dominguero y que decir de los tacos… Y digo son hermosos los sentimientos humanos,  y la  nostalgia  incluso como otra forma de vivir México.

Curiosamente ahora el tiempo de las casas se termina. Esta es la última por ahora… He invitado amigos, otros tantos se han invitado solos, he recibido sorpresas, hasta un gato ajeno vino de visita un par de madrugadas. Al parecer Thames era para compartir, y es que con la primavera aquí, me siento florecida, abierta. Septiembre hoy me sabe a intensidades, no sólo para mí:  M regresa a un país de origen, curiosamente L también,  I empieza un nuevo viaje, M termina un retiro de silencio.

Así limpio y sacudo como un ritual arcaico desde aquella primera casita en Kurow. Será día de empacar -y sé que parece poco una mochila- pero ya es más que suficiente. Me bajo Gigas de música, libros electrónicos, un cuaderno nuevo de viaje (he quemando el anterior en la chimenea), bajo poemas leídos en voz de hombre, empaqueto en bolsas de plástico los papeles importantes… que son muy pocos. Ahora espero a mis amigos Thomas y Leo que llegan de madrugada. En unos días iremos a la cuidad, donde otra aventura inicia, una que tiene mástil y velas y está aparcada en el muelle de la Marina Westheaven.

Hoy un cambio de estación.