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julio 15 / Tailandia

Las dos primeras semanas fueron las más difíciles, no sabía que rayos hacía en este país, extrañé a L todos los días, y no sabía cuando regresaría a México. Sin embargo los ritmos de los marineros procuran una sanación distinta: del cuerpo para afuera, del cuerpo para adentro, y así me fui envolviendo.

Este mes no navegamos a ningún sitio, nos quedamos anclados o en la marina, viendo los atardeceres desde nuestro velero casi-inmovil salvo por las mareas que suben y bajan, o las olas, las tormentas y los fuertes vientos del moonson tailandés. Recuparar la vida en el barco es volver a estar descalza, usar poca ropa, vivir en el calor constante de los trópicos que baña la piel y llena de una energía (o pesadez) diferente, sentir el cuerpo, estar en agua. Comer y comer deliciosos platillos tailandeses como si fuera mi objetivo en este viaje: probar todo lo que pueda, por 70baht (35pesos), 50 baht, 100 baht platillos enteros de curries o noodles que -casi- le llegan a mis taquitos al pastor (y eso ya es decir mucho). Todo esto como una especie de rehabilitación, de “regresar”. Los últimos días en la Cuidad de México me sentí flaca y pálida, débil; no culpo a la cuidad, pero la falta de azul y los hábitos que uno puede tomar en estos lugares si no se tiene la claridad…

¡Lo quería todo! trabajar, estudiar, ahorrar. Me esforcé. Curiosamente digo “me esforcé” cuando ya he aprendido que no se trata de eso. Se trata de decir “me entregué” porque como el sol, ilumina tanto y hace tanto como secar la ropa, crecer las plantas, cargar nuestros paneles solares; el sólo se entrega y cuando uno hace algo entregado no es “esforzado” no se siente así, uno se cansa si, el cuerpo, la mente, pero es un cansado diferente, es un cansado rico: como el cuerpo después del ejercicio. no hay nada mejor para dejar de pensar que el Boat work (trabajo de barco)” me dijo Tom una día cuando me vio triste y me puso una esponja en las manos, me dió un par de guantes para sacar los barnacles de las líneas de anclar… sacudí los tapetes, tendí la ropa, enjuagamos la cubierta, ordené el galley (cocina).

¡En Pointe! Esque no estoy en cualquier barco, estoy en el velero con el que cruzamos el Pacífico, mi casa por 7 meses, y mi litera/bunk aún tan comoda como siempre, más incluso: con el nuevo ventilador instalado y la vista siempre abierta.

Los días en la Marina Yacht Haven, como todas las rutinas, son muy parecidos unos a otros, lo cual da tiempo para sumergirte a la vida. Aún no entiendo mucho de Tailandia, me es demasiado ajeno, pero la vida de vivir al mar, de los barcos, esa sí me pertenece:  hablar este idioma, entender su andar partícular, con estos códigos, y el lenguague de los veleros… es decir otro Tailandia, uno que se vive desde la marina, aquí en Phuket.

Matt y Sharon, los dos George, Werner, Hope y Tom. Las cenas abordo de Sweet Surrender y jugar cartas después de comer hasta estallar, manejar el Dinghy en la bahía en medio de la lluvia tropical para ir a visitarlos, runirnos en sus veleros, cada cual distinto. Fuimos a un roadtrip para dejar a H en su campamento de moaetae (un tipo de kickboxin tailandés), en el camino todo se trataba de veleros, el mar y las islas. Mientras por la ventana lo verde del paisaje, las montañas, la maleza, las palmeras y toda la humedad me procuraban la tranquildad y los pequeños puestos de fruta y durian  pasaban borrosos a nuestro costado, yo callada escuchaba todo sobre barcos, trabajar en super yachts, hacer deliveries, ser capitan, ser crew, amigos marineros, capitantes, construir barcos, materiales de barcos, precios de barcos, el mundo lleno de mar y la gente que habita en él.

Sol, comida, ejercicio, dormir, explorar, extrañar, triste, feliz . Aúnque “no haya funcionado” los planes digo, tal vez algunos le digan “fallar”, otros “aprender”, otros “experimentar”, otros “vivir”. Al fin de cuentas Es. Es esto.

Todavía recuerdo los ríos de gente en la estación Chabacano a la hora pico, mientras trasbordamos de la línea azul a la café, el espacio personal reducido al límite de la piel. Y luego: abrir los ojos y estar en un velero, teletrasportada de una relidad a otra sin siquiera preverlo o desearlo o hacerlo, más bien en un tobogán de sucesos que acabó por arrojarme a esta bahía. Y que todavía aún no comprendo porqué. Tal vez de esos toboganes esta hecha la vida.

Photo: Tulia Meditando en la Marina. By Tom Van Dyke.

agosto 13 / 30 días de regreso

28 cosas que aprendí en 28 días cruzando un océano

1.- Aprendí a pescar, a limpiar pescado y a comer pescado fresco y crudo.

2.- Aprendí nombres extraños de las partes de los barcos  que tal vez poco importa ya.

3.- Aprendí confiar en la naturaleza, en el mar, y en un completo desconocido.

4.- Aprendí que ya no me importaba que nadie me “entendiera” o parecer lógica.

5.- Aprendí a usar un GPS y cartas de navegación, a saber por donde viene el viento.

6.- Aprendí a soltar la tierra y todas las cosas de la tierra: Internet, FB, comunicación, entretenimiento, español, familia, amigos, historias, una forma de vivir.

7.- Aprendí a hacer del baño con las nalgas al aire (!y directo al mar!)

8.- Aprendía  a que necesito tan pocas cosas para vivir bien.

9.- Aprendí a no dormir ni una noche seguida (manteniendo guaridas de cada 4hrs)

10.- Aprendí a cocinar entre las olas, y aprovechar hasta el último grano de arroz.

11.- Aprendí a valorar cada gota de agua dulce.

12.- Aprendí a bañarme con agua salada en la cubierta de un barco en movimiento en medio del océano.

13.- Aprendí a pasar una tormenta, y que todas las tormentas pasan, todo pasa y se va.

14.- Aprendí a tener miedo, y que no importara, que se dejara pasar.

15.- Aprendí a escuchar una plática con todo el interés, y a escuchar una plática sin el menor interés también (sobre todo si no puedes huir a ningún lugar).

16.- Aprendí a hacerme mejor amiga de un hombre de la generación de mis papás (la otra opción era tirarnos por la borda  uno al otro…)

17.- Aprendí a tocar la guitarra con el libro “Guitarra para tontos”

18.- Aprendí a no-hacer-nada de la manera más divertida posible.

19.- Aprendí a estar en silencio por horas y horas y horas y horas.

20.- Aprendí a dejar de pensar (cuando acabe con todos los pensamientos posibles).

21.- Aprendí a vivir sin relojes, sin líneas imaginarias que separen  minutos o países.

22.- Aprendí a amar a alguien alegremente a la distancia.

23.- Aprendí de mi cuerpo, me hice más consciente de cada parte de él.

24.- Aprendí del erotismo en soledad.

25.- Aprendí a dejar las fórmulas, los planes, el control, el futuro, el pasado.

26.- Aprendí a soltar todo, hasta la idea de mi misma.

27.- Aprendí a confiar plenamente en la vida, es decir, en el corazón.

28.- Aprendí que no era necesario un viaje al mar para aprender todo esto, que siempre había estado ya en mí. (salvo por la habilidad de hacer popo al mar, claro).

Photo: Tom van Dyke – Capitán de En Pointe y fotógrafo.  En algún lugar entre México y la Polinesia Francesa.

#30díasdeRegreso

agosto 11 / 30 días de regreso

El camino de vuelta ya está señalado con migajas de pan sobre el mar. Necesité casi treinta días para arrancarme de un cuerpo, empiezo treinta días para volver a arrancarme de otro cuerpo: el de Nueva Zelanda, el del invierno, el de las ciudades limpias y verdes y las calles serenas, de los andares despreocupados de un pueblo tranquilo y fresco.

Porque a veces necesito exprimirme a mí misma como un enorme grano lleno de pus. Así se siente de satisfactorio: sacar eso que se está por dentro cociendo, burbujeando, a veces incluso pudriéndose e hinchándose hasta que no cabe más. Siento el vacío y el viento y el borde que se vuelven a acercar, o yo me acerco a él. Me propongo no olvidar olvidándolo todo.
Lo que estamos haciendo de los días, lo que estamos haciendo de los días es echarnos a la alfombra con los perros, hacernos un ovillo, lamernos las orejas y las bocas, bostezar, mirar al cielo. Veo de forma enfermiza y alegre el cuarto donde dormimos y digo: estoy viviendo.
A veces, hay que aceptar que ninguna palabra con la que llené esos cuadernos naranja fue escrita para ser dicha. Lo quemo en un acto seductor y de miedo, más que por el olvido es por el recuerdo. De que las cosas sagradas están en el hueco, en la ceniza, en el viento. Hay que volver a mirarse cada vez, cada noche para comprobar la extrañeza de los cuerpos, para comprobar que lo que hacemos es amor y no ritual, pero también hay ritual en el amor y amor en el ritual, de eso no hay duda.

Habité todas las casas que necesité para sanar, para vivir silenciosa y anónima. Habité todos los días en este país lejano porque lejano parecía todo, esta especie de enfermedad antigua incapacidad para no reconocer nada, enfermedad o liberación es lo mismo, y locura también. Me he sanado con las ramas, las olas, con Italia, con borregas, con islas, con besos, casas y perros, con sueños, con amigos y desconocidos, con mujeres y hombres, reconociendo de nuevo cada nombre, no por su nombre pero por el anhelo de prendernos de ellos, de los nombres como de los sueños. Me he sanado mientras dormía y no lo sabía. Es hora de regresar a casa, bueno, lo que se dice casa pero es mi madre, mi hermana, mi abuela, es decir el cuerpo de hija, de hermana de nieta. Un día quise desaparecer y lo he hecho. Me pasaron tres años, me atravesó por el centro cada uno de todos sus días. Quiero llorar cuando me doy cuenta del tiempo, no, cuando me doy cuenta de que no ha pasado el tiempo y sin embargo han sucedido todas las cosas por contar… como ahora, contar para atrás, sólo porque en el mundo hay que seguir amando (y contando).

#30díasdeRegreso

Desafío creativo de escritura en 30 días. Esta vez, en cuenta regresiva…