Y sin embargo no es el tiempo

Desde que volví a México dejé de publicar, a veces incluso, de escribir.  Ya pasaron seis meses. Ya fui al rancho de mi abuela, pasó navidad, viajé, comí, me reencontré con viejos amigos y conocí a nuevos. Hoy la cotidianidad de una ciudad como el DF me está absorbiendo y esa sensación me gusta: cuando algo ajeno se hace normal, cuando uno absorbe una nueva vida diaria, que sin embargo va irremediablemente atada a olvidar. He olvidado tantas cosas, tantos viajes y nombres, tantas experiencias, uno olvida, el hombre está hecho para olvidar como dice el poema:

“Uno apenas es una cosa cierta / que se deja vivir, morir apenas / y olvida cada instante, de tal modo que cada instante nuevo, lo sorprenda.”

Hoy el mar me parece lejano, hoy lo extraño y sueño que conducimos L y yo por las montañas verdes de Nueva Zelanda y mis amigos maorís me saludan y me abrazan al verme llegar. Una vez escribí en mis diarios de Nueva Zelanda:

” Ver el mar y las montañas es algo que ahora hago con ojos de casa, y no por eso sin asombro, si no con el asombro de que algo ajeno y extraño se vuelva familiar e íntimo, como los cuerpos de los amantes, por ejemplo, las montañas de Haverlock North son así, las formas y el color del mar me los sé como si cierro los ojos y siguen estando allí tan claras. ¿En que día a kilómetros de aquí esta familiaridad desaparecerá? Porque lo hará, y ahí está la daga para muchos para otros el alivio, de decir: cierro los ojos y los detalles ya no están, los lunares los he olvidado o se han caído de la memoria como una cosa que se desgaja con el tiempo y sin embargo no es el tiempo: es la frescura del ahora a través de los días. Así cuando ya no recuerde -del todo- el color del mar, tal vez este lugar quedará como una reminiscencia de que una vez en un lugar lejano y azul fui feliz con dos perros consentidos, una mujer y una casa”

Mientras iba por el segundo piso del Periférico a la hora pico, me pareció ver todo en azul, de repente, en un momento todo alrededor era agua, azul hasta el horizonte, el cielo claro, el silencio y la nada como algo que existiera presente, la frescura de la brisa salada y la apertura del espacio… En el momento siguiente se materializaron las filas interminables de carros como otra inmensidad, el ruido no de olas si no de claxons, el calor sin la brisa, el estrés comunal de un paso lento y frustrante, y a lo lejos el cielo gris y la vista saturada de edificios, techos llenos de tinacos y ropa colgada, espectaculares y cables.  Aún así un tipo de silencio extraño parecía enmudecerlos a todos y hacerlos tan palpables en esta realidad opuesta e impactante y tan verdadera como el azul que dejé de ver.

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